Palosanto

Perder un trozo de alma es como perder una uña. El dolor es insufrible y la visión es fea y desagradable. Pero los dos traumas tienen en común que, con un poco de tiempo y sufrimiento, se rehacen.

En mi caso. Recuerdo perfectamente la densidad. Cortante y pastosa. La niebla no era niebla. El salón estaba vacío y sin embargo allí estábamos los dos. Ella apagando un cigarrillo mientras yo encendía un reproche. Ella encendiendo un nuevo reproche mientras yo apagaba otro cigarrillo. El cenicero repleto y mi alma hecha girones. En la UVI.

Un adiós explicado duele menos que un portazo. Dicen.

Es mentira.

No sé el tiempo que le llevó fabricar el adiós. Lo que sé es que a mí no me dio tiempo a acordonarme con cinta amarilla y luces de gálibo. Tampoco pude, (o no quise), ver el día exacto en el que situó las cargas de C4. Explosivo plástico. Explosivo básico fabricado con tantos “esto ya no es lo que era antes”, que de haberme regalado un “ya no te quiero, adiós”, yo lo hubiera cogido a cambio de todo lo que me quedaba, que por otra parte, no era mucho.

Mi primera combustión. Así fue.

Y el caso es que, a las 72 horas de aquel derrumbe incontrolado, en el epicentro del terremoto que sacudió el salón tres días antes, yacían, poéticas ellas, sus copias de las llaves del piso compartido, la mitad del último mes de alquiler en arrugados billetes de diez euros y mi vida rota en tantos pedazos que en aquel momento hubiese resultado más fácil aspirarlos que barrerlos. De aquella casa sólo me llevé mi mecedora de palosanto. Robusta y fiable, pero igual de incómoda que todos aquellos días.

Los amaneceres desde aquel día fueron otra cosa. Se mezclaban con los atardeceres y las madrugadas. Eternas. Muy cabronas todas las noches. Únicamente interrumpidas por el paso del camión de mi basura. Me jugaba a los chinos con el sol a ver quién despuntaba antes y siempre ganaba yo. Lo que veía en el espejo no me gustaba, y las cicatrices se abrían y cerraban como las branquias de una carpa en el capó de un coche.

La ansiedad me comía las migajas de alma que me quedaban. Me sentía pequeño. Absurdo. Prescindible. Pusilánime. Casi inexistente.

Nunca fui valiente para soportar realidades. Siempre me gustó descolgarme del último verso de todos los poemas. Así luego me vienen las hostias, en forma de endecasílabos y con la mano abierta.

Recuerdo esos días. Aquellos en los que veía cómo se evaporaba mi alma. Un vapor denso. Un humo de leche que ascendía lento, muy lento. Me tumbaba en la cama y contemplaba el ascenso imparable de mi voluntad hacia el techo pintado con gotelé y frustración a partes iguales.

Quedarse sin alma pesa mucho.

Volví a casa de mis padres. Dos vidas rotas desde el principio sea cual sea ese, nadie lo supo jamás. Eran un iceberg y un Titanic malviviendo juntos.

Mi padre me saludó con un mugido mientras mi mecedora de palosanto y yo entrábamos donde todo empezó. Casi al mismo tiempo que abría la puerta, con un desdén ácido y sin mirarme decidía retirarse a su trinchera muy lejos de todo lo que yo representaba. Mi madre utilizó un cobarde apretón de antebrazo y un suspiro lloroso como bienvenida. Supuraban decepción. La misma que debieron sentir cuando nací. La misma que no dudaban en tatuar en mi autoestima.

Duré poco allí. Demasiados silencios bombardearon las paredes de una habitación donde seguían pegados los posters de la SuperPop de mi hermana, el hedor a vino de mi padre y las palizas de hebilla previas a una resaca de silencio culpable.

Nada había cambiado desde entonces. Sólo una guerra fría perenne entre los dos y como siempre yo, situado como telón de acero en desayunos, comidas y cenas insoportables. Cáusticas.

Pero sucedió que la luz se hizo. Su luz. Fue en los soportales de la Playa Mayor de Madrid. Lo primero que vi de ella fueron tres dedos finos y huesudos que soportaban otras tantas uñas esmaltadas de color “rojo diablo”; los tres agarrando la tapa dura de una segunda edición de “Un mundo feliz” que yo tenía asido por el otro lado. Fue en un puesto improvisado de venta de sellos, soldaditos, cromos y libros ajados pero necesarios. Sonrió, y en aquella pequeña mueca labial yo caí, decidí pacer, acampar y pasar el resto de mi vida. Así de simple.

Los días siguientes fueron los verdaderos primeros días de mi vida. Saqué de casa de mis padres orgullo renovado, autoestima reparada y la mecedora de palosanto. Me trasladé a su casa. Empezaba a vivir.

Mi alma, tantas veces perdida, brilló nuevamente. Mi pecho se hizo más grande para dejar sitio al bombeo de un corazón que latía con mucha más fuerza. Mis pulmones filtraban aire fresco, verde y limpio.

Pasaron algunos años, pocos. Quizás fue el desgaste del alma. O puede que el ensanchamiento de mi pecho. El bombeo de mi corazón. Los pulmones respirando vida. Puede que todo junto.

El caso es que tu madre y yo pasamos de pediatría a oncología en la misma semana.

Una vida se va, la mía. Una vida llega. La tuya.

Desde la mecedora de palosanto te escribo esta carta de superación, que es dura como esa madera de la mecedora desde donde te escribo que este fui yo.

Quiere mucho. Quiere siempre. Sé ave fénix. Sé generoso en la victoria y humilde en la derrota. Adora a tu madre. Respétala. Ama a las personas y usa las cosas. Empatiza con el dolor ajeno. Sé honesto en las decisiones. No mientas. Lee. Cultiva tu intelecto y riega tu alma para que nadie pueda engañarte. Busca el amor verdadero y defiéndelo con pasión. Serás lo que quieras ser. Rodéate de amigos. Hazlos fieles. Reza a la vida y agota tus ganas de vivir cada minuto.

Sé feliz hijo mío.

Te quiere: Papá.

 

 

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