A la hora de siempre, en Tribunal

Yo nací en 1975. La época en la que transcurre lo comentado en este artículo está localizada en cualquier día y de cualquier mes de los años 90. En aquel entonces, cuando mi padre quería comparar la forma que teníamos de relacionarnos con la suya propia, siempre traía como referencia términos tan vetustos entonces, (y no digamos ahora), como “peseta de vino”, “dos reales”, y demás apolilladas referencias temporales por el estilo.

Aquellas comparaciones de posguerra, hambre y vino; trataban de destruir mis argumentaciones cuando solicitaba con más pena que gloria un aumento de 1.000 a 2.000 pesetas en mi asignación semanal. Para terminar de establecer marcos temporales ciertos, recordemos en este punto que 1.000 pesetas de aquellas son 6,00 € ahora. Frío, sí.

Pero no es inflación sobre lo que reflexiono. Quiero hablar de relaciones.

La influencia del teléfono móvil en nuestras vidas ha supuesto un cambio tan brutal en las relaciones que mantenemos, que solamente llevando casi al absurdo escenas cotidianas de mi adolescencia soy capaz de siquiera aproximarme a esa terrible realidad.

Todo empezaba un miércoles, (o jueves, no más). Una llamada al teléfono fijo de la casa de los padres de uno de los amigos de la panda. En mi caso siempre éramos los mismos los que llamábamos. Y es que, en la panda de amigos, (los míos al menos), siempre estuvo muy bien determinado el rol activo y pasivo a la hora de organizar encuentros. No se afeaba el gesto. Era así. Había uno o dos que se encargaban de llamar al resto para establecer hora y lugar de encuentro para comenzar a quemar Madrid. Era sí, y punto.

La ausencia de WhatsApp y mensajes cortos de teléfono móvil obligaba al menos vago a planificar, llamar, quedar, acordar, acotar y negociar con el resto. Es cierto que se trataba más de un ritual que de una necesidad, (siempre se quedaba a la hora de siempre en el metro de Tribunal del barrio de Malasaña de Madrid), pero se hacía. Existía la necesidad y voluntad por hacerlo. Había que currárselo.

Se daba cuartelillo, también es cierto. No más de una hora y media. Dos a lo sumo, Sí, así es. Como suena. Preguntando a mis coetáneos, todos me confirman que existía un margen aproximado de una o dos horas. ¿Por qué? Porque éramos jóvenes, impuntuales, informales y no había teléfono móvil. Podía pasar cualquier cosa. Un retraso en el metro, (muy frecuente), un eslabón roto en la cadena de quedadas que se producía previamente a la quedada final en Tribunal:

Uno iba a casa del otro para juntos ir a buscar al tercero porque le pillaba cerca y vivían en el mismo barrio, si se producía un retraso en el primero todo se alargaba exponencialmente y la llegada a Tribunal podía producirse hasta dos horas más tarde de lo acordado. No pasaba nada, eso sí, si faltaba alguno, ya nos encontraría. ¿Cómo? Instinto de supervivencia, sentido común y lógica.

Pongamos mi caso, si llegaba tarde y no había nadie, sabía que existían al menos diez posibles bares donde mis amigos podrían estar majándose vivos a cervezas. Pero la lógica nos indicaba a todos los tardones que lo primero era pasarse por la bodega de San Vicente Ferrer a pertrecharnos de litronas, coca-cola y vino.

Todo esto y al principio de la noche, le podía suponer al tardón de turno algunos kilómetros que otros, (siempre a pie, claro), buscando entre los bares de la zona a la panda que, (lógicamente), no quiso esperar más allá de las dos horas reglamentarias.

Recordemos en este punto, nuevamente, que el teléfono era el de la cabina y ya.

Pero la búsqueda de la panda perdida tenía su atractivo. Para empezar, nadie se enfadaba. Todo era lógico. Todo era normal. Esta situación se repetía cuando el grupo se dividía por diferentes circunstancias. Malasaña no era un bar, Malasaña era nuestro pueblo y por nuestro pueblo nos movíamos como si fuera nuestra casa. Había un punto muerto en la noche donde siempre terminábamos todos. Los perdidos, los desaparecidos y en general todos los que durante la noche fueron causando baja del grupo principal. En nuestro caso, el punto de encuentro final siempre fue la Sala Maravillas. Daba igual si habías terminado ligando, borracho, en coma, drogado o ninguna de las anteriores. Sabías que a última hora de la noche o primera del día nos encontrábamos en la Sala Maravillas. Lo sabíamos porque era el único sitio donde se podía estar y escuchar música sin necesidad de pagar entrada y sin necesidad de comprar consumición. Estar. Íbamos porque se podía “ESTAR”. Curioso. Sonrío según lo recuerdo y escribo, porque a esas alturas de la noche el dinero hacía ya horas que había desaparecido y ante la ausencia de YouTube, Twitter e Instagram, sólo nos quedaba la música y nosotros mismos. Estar.

Cuando había que llamar a Papá o a Mamá, (qué leches, siempre era Mamá la que se ponía al teléfono), avisando del consabido retraso y condiciones para llegar a casa, tirabas indefectiblemente de cabina telefónica. Te reservabas algunas monedas en el bolsillo pequeño del vaquero para esa llamada de emergencia. Y si ya no tenías dinero porque te lo habías bebido todo, lo pedías. Y si tenías hambre te ibas a la Glorieta de Bilbao, (verdadera frontera entre pijos y malotes), a pedir unas pesetillas para hacer la llamada de marras o comprarte el mini bocadillo de calamares o lo cualquier otra cosa en el Seven Eleven, (el chino de nuestra época, vaya).

El móvil todo lo ha modificado. Lo que más me asusta y preocupa es que de todo aquello han pasado qué, ¿20 años? De las charlas de mi padre con sus “vinos” sus “reales” y sus miserias de posguerra habían transcurrido el doble; entonces, ¿qué ha pasado en estos últimos 20 años? Ha pasado que ahora disponemos de mucha información. Creo que esa es la clave. Ahora hay información que nos llega desde cualquier cosa que se conecte vía USB. Es atroz comprobar que nada debería haber cambiado a peor y sin embargo lo ha hecho.

En la época referida conocías muchísima más gente que la que ahora puedan estar conociendo mis hijas, (como ejemplo). Cuando te perdías o perdías el hilo de tu gente, estabas obligado a preguntar al camarero del PENTA si tus amigos habían entrado ya. Al portero del GINKAS le explicabas cómo iban vestidos. En el MALANDRO preguntabas a todo bicho viviente si habían visto a tal o cual amigo o amiga, “Sí joder, si nos ves todos los fines de semana tío”. En el SAN MATEO te quedabas un rato esperando porque había un par de horas donde podías pegar saltos con Nirvana, mientras confiabas en que tus amigos recordasen que esa era la hora a la que siempre solíamos ir a pegarnos empujones y saltos en medio de la pista. Pero si no iban no pasaba nada. Y si te quedabas sin amigos tampoco. En VÍA LACTEA podías beberte una cerveza a precio decente y escuchar música de verdad.

No disponer de teléfono móvil te ofrecía un mundo nuevo, o viejo, pero mundo. Te daba la posibilidad y necesidad de sociabilizar y de buscarte la vida. No había excusas. Había que echarle meninges y hacer todo lo posible por ir al lugar acordado a la hora referida. No podías escudarte en un metálico mensaje de WhatsApp cobarde y maldito. Había que ir. Dar la cara. Comparecer.

Me da mucho miedo todo esto. Pero lo más terrible que es de todo esto han pasado apenas 20 años, y eso, como dice la canción: no es nada. Absolutamente nada.

 

 

Imagino que en otros 20 años ya ni siquiera se utilizará el móvil para no quedar. Mi nieta dará dos toques a su antebrazo y de ahí saldrán dos o tres botones que al ser pulsados en combinación exacta y predefinida inyectará, (sin dolor), a su sistema nervioso y torrente sanguíneo un fármaco comprado previamente en Amazon y sin gastos de envío. Inyección que la provocará una sensación artificial y similar a la que yo he tenido la suerte de tener en vivo y en directo. Eso sí, lo hará en la soledad de una tecnológica habitación donde no la podrá pasar nada malo nunca y desde donde podrá informar al resto del mundo vía redes sociales del antes, durante y después del momento tan “guay” que acaba de chutarse.

No la podrá pasar nada malo nunca si es que a la soledad y a la falta de relaciones no se la puede calificar de eso, de mala, nefasta y definitiva.

 

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