La güera garbancera

Abrió los ojos y los sintió entumecidos. Los párpados eran dos bloques de hormigón. Se notaba acartonado y confundido por un sueño pegajoso provocado por un narcótico mal usado. Y entonces supo que lo iban a matar. Una muerte fea. Una muerte sucia.

–          Mucho papel picado de colores, ¿eh?, maldita güera. Hazme la valona. Sabes que no hay pedo. Todo bien. – Acertó a decir con voz queda y todavía somnolienta.

–          Guarda fuerzas, puerco.

–          Me agarraste en curva, güera. En México no habrías durado.

–          El que está de Dios que muera, hasta es lástima que viva. – Respondió ella.

–          Gachupina, güera, mala puta ¡Qué sabrás!

Enfundada en un vestido de seda negra que hacía años que había caducado de no usarlo, lo observaba todo desde el quicio de la puerta. Paciente en una espera que traería algo; reía entre dientes al contemplar cómo la presa trataba de deshacerse de unas esposas bien amarradas al cabecero. Ni modo, que habría dicho él.

Vestido de seda negra. Trapo atrevido que ahora se atrevía a lucir. Porque él nunca quiso que luciese nada, pero él ahora no decidía porque ahora todo era más complicado.

–          Un mezcalito, mi güera. A los muertos se les despide con un mezcalito.

–          No he terminado.

Se encendió un cigarrillo fino y se recogió la melena rubia en un moño engarzado con ayuda de un lápiz negro. Sintió un agradable mareo con la primera calada. Hacía mucho tiempo. Esos cigarrillos eran de los que gustaba fumar antes de dormir, después de comer y antes de que todo empezara. Hasta que él se lo prohibió. Eran de puta, solía decir.

Hacía tres años que habían vuelto de Zacapu, en Michoacán. Tardó el mexicano bien parecido en tornarse violento, apenas dos semanas. Ella, madrileña de cuatro generaciones, había terminado en Zacapu de la mano de una ONG dispuesta a solucionar los males de Latinoamérica, fueran los que fuesen. Pronto se dio cuenta que Zacapu, Michoacán, México y Latinoamérica no tenían rápida solución. Lógico, con bestias como el que ahora permanecía desnudo, desesperado y esposado a los barrotes del cabecero de la cama de matrimonio de un apartamento cualquiera en el centro justo de Madrid. Porque allá los feminicidios no existen porque no son un problema, o al revés.

–          Órale pues. Me dejaste de a seis. No lo vi venir. ¿Qué viene? – Se había calmado lo suficiente como para cuestionarse los siguientes minutos.

–          ¿Te gusta mi fiesta? – Lo dijo saboreando algo. Triunfal.

–          ¡Pa’su madre! Sólo faltas tú, cerquita.

–          Ni con chochos – Sentenció aplastando el cigarrillo en la pared y escupiéndole la última voluta de humo.

El ambiente era el del Día de Muertos. El asombro inicial le impidió reparar en la disposición de velas y copal sobre las mesitas de noche. Ahora observaba como todo estaba mezclado formando un ambiente cargado de adioses. Papelitos de colores decoraban cama y suelo. Una botella de tequila y otra de mezcal con dos caballitos llenos hasta el borde. Cigarros puros, dos vasos de agua para calmar la sed de las almas, chocolate, pan de muerto y flores de cempasúchil que parecían muy vivas. Color, fiesta y muerte.

–          Ahora vuelvo, puerco. No te muevas.

–          Ay güey. ¡Bájale de huevos conmigo, mi güera! – Lo dijo sonriente y con absoluta carencia de fe. Una debilidad. La primera.

Tardó dos horas en regresar. La tarde había dejado paso a la noche y en la habitación solo la luz de las velas rompía una oscuridad muy hecha. Los ojos de él se abrieron expresando asombro y terror acompasados. Sus manos asieron las cadenas de las esposas y trató de erguirse y empotrarse contra el cabecero como queriendo ocultarse o huir. Sus músculos se tensaron hasta casi romperse.

Caminaba solemne, resuelta, descalza y fumando un nuevo cigarrillo; vestida todavía con aquella seda negra que se fundía con su piel.  Él seguía roto por el miedo mientras contemplaba la pintura de su cara. Fue recomponiendo la postura mientras la comisura izquierda de sus labios se alzó ahuecando una irónica sonrisa.

–          Güera, puta y además garbancera. Asústame, calaverón. Sabes que me vale madres.

Iba pintaba como una Catrina de Guadalupe Posada o Rivera. Sobre fondo blanco una nariz negra y dientes de huesuda perfectamente perfilados. En la pintura de las cuencas negras había sombreado pequeñas flores naranjas de cempasúchil. El rictus serio y determinado conformaban la escena de un plan viejo y suficientemente domado.

–          Pinche güera. Ya me fregué.

Subió a la cama gateando al tiempo que él encogía las piernas. Él se tranquilizó al no ver cuchillos. Atado y desnudo, sabía que combinaban mal. En ese pensamiento, decidió estirar una pierna y probar suerte. Ella lo vio venir y se sentó suavemente sobre su tibia, subiéndose el vestido gradualmente para dejar claro que no había nada que se interpusiera entre las dos pieles. Él sonrió el gesto, cerró los ojos y emitió un gemido. Ella notó como los brazos del pinche cabrón se dejaban caer haciendo que las cadenas se tensaran. Decidió aprovechar ese intermedio de la representación y se echó encima con extrema delicadeza. Mientras revisaba mentalmente los últimos años, con la mano derecha comenzó a realizar caricias circulares sobre el costado izquierdo del puerco. Esas inesperadas caricias no tardaron en provocar una erección extraña. Al límite. Fuera de lugar. Estaba en esas él cuando sintió cómo la melena de La Catrina que tenía a horcajadas se soltaba sobre su cara. Con el dedo índice y medio de su mano derecha, palpó los tres o cuatro centímetros de músculo intercostal que separaban la cuarta y quinta costilla. Ya localizado el punto exacto, un lápiz negro de punta recién afilada comenzó a hundirse lentamente hasta taladrar el pulmón. Acercándose al oído del puerco, cerró la obra sugiriendo solícita:

–          Saluda a los muertos.

En un grito ahogado, el muerto herido consiguió incluir un susurro final:

–          Güera, puta y además garbancera.

 

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