Cuento de Navidad. Cabeza de reno.

“Cuando la vida no te gusta, la Navidad se convierte en metástasis”. Fue la última frase de mi padre. No antes de morir. Fue la última frase de mi padre antes de que dejara de escucharle. Pero de eso han pasado ya muchos años. Todo bien.

La frase la interioricé cuando supe realmente lo que era la metástasis. Hasta entonces sólo me pareció una de esas afirmaciones que mi padre solía regalarnos cada Navidad. Porque a falta de espíritu navideño y regalos mi padre tenía estos detalles. Bueno, tenía estos y otros muchos. Más físicos. Más de piel. Mi padre era un hombre muy de piel. De contacto. Le gustaba frotar su dorso contra mi cara con demasiada frecuencia. Pero esa querencia por esculpir mi cara y carácter a base de hostias dejó de preocuparme cuando descubrí la verdad de su mirada. Aquel día sus tortazos pasaron a la segunda posición de mis miedos justo después del significado que tenía aquella manera de observar. Si su mirada cortase, mi cabeza estaría decorando una de las paredes del salón como cabeza de reno encima de chimenea en casita de madera. La, lará, larita…

Espíritu navideño. No, si lo tengo. El único problema son los recuerdos. Son demasiados y a mí la vida me gusta sin agua, como el whisky. Sin adulterar. Si la ciudad y sus tripas fuesen capaces de comerse tres cocidos seguidos, la ventosidad lógica de su digestión y su persistente hedor serían el recuerdo más parecido al que tengo de las nochebuenas que pasé con mi padre. Como ejemplo vaya.

Me encanta la Navidad. Pero no ha sido fácil. El camino recorrido no es que haya sido de espinas, ha sido un jodido calvario bíblico, pero sólo si le sumas fuego graneado de cinco divisiones de operaciones especiales, (estadounidenses), que han sido previamente barridas por cinco bombas atómicas de quince megatones cada una. Eso, se aproximaría a lo que han sido mis navidades con mi padre. Pero me gustan, sí.

Cuando leo y oigo cada Navidad que en toda cada casa hay un cuñado que amarga las fiestas a la familia, me río trágicamente. Me río y lloro de incredulidad mientras busco entre mis pertenencias un arma con suficientes cargadores como para que mi brazo sufra calambres antes de quedarme sin munición.

Y ahora, abriré mi corazón. Hablaré de mi divorcio.

Mi divorcio lo provoqué yo. Mi padre nada tuvo que ver. Pero en mi descargo, (sin embargo), diré que seguramente el trauma provocado por tanto maltrato influyó en la pésima forma que tuve de gestionar mi relación sentimental. Bueno, aquella y las quince posteriores.

Y ya terminando, ahora que se lo cuestionan. Superé la muerte de mis hijos porque esas cosas hay que aceptarlas, sin más. Que mis cinco hijos contrajesen enfermedades raras incurables en lo mejor de sus dos, cinco, seis, nueve y diez años de vida no es culpa de dios, del destino o de la vida. Es así, y así se lo traga uno. Como un ibuprofeno en pastilla. Sin masticar, con traguito de agua y gaznate bien abierto.

Con todo esto, afirmo que no tiene mérito ser feliz en Navidad. Lo que tiene mérito es que después de lo contado, de mil cartones de tabaco fumado, dos mil kilolitros de cerveza bebida, unos cuantos decagramos de cocaína esnifada, más años de los que quiero recordar de maltratos físicos y psicológicos, de dieciséis divorcios, cinco hijos fallecidos y una vida en constante acoso y derribo. Digo, que lo que tiene mérito es que yo siga siendo feliz. Eso sí tiene mérito y no vuestra continua necesidad de andar quejándoos por chorradas y nimiedades. Llevar a cuestas mi dolor, vuestros caprichos y quejas y el antiácido que tomo desde los siete años es lo que tiene mérito. Así pues, hagan el favor de dejar de quejarse por el color de los calcetines, el perfume, el trenecito o la versión de Play Station.

Disfruten de lo que ahora tienen y vivan al máximo cada minuto del año de cada una de sus vidas.

Firmado:

Papá Noel.

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