Carlos Mayoral, Malasaña y Antonio Vega

Soy lector tardío y extraño en la elección. No puedo decir que un escritor del XIX encendiese la mecha de mi pasión por la lectura porque estaría mintiendo, y mucho.

Por seguir desincentivando la lectura de este artículo, añadiré que nunca me resultó fácil escribir reseñas literarias. Ese hecho tiene mucho que ver con mi incapacidad para escribir una reseña de manual. Me refiero a una de esas reseñas que invitan a leer o a no leer un determinado libro con base a no sé qué parámetro estructural, editorial y comercial. Yo no sé hacer eso. No sé hacerlo porque el interés que siento por un libro en particular o un autor en general tiene una base maldita que nace de la música. Así, a bocajarro.

Cuando Carlos Mayoral cumplía cinco años yo descubría el barrio de Malasaña de Madrid. Lo descubría de golpe. Sin anestesia. En frío. Con sus filias y sus fobias. Sus atracciones y sus repulsiones. Sus drogas y sus alcoholes. Una época en la que salir de casa con un billete de mil pesetas con el Teide impreso y Pérez Galdós en el reverso era colosal. Al principio, Malasaña fue ese lugar donde te dejaste caer una tarde en la que deberías haber ido al cine con tus amigos. Acabas en la calle Churruca tomando la tercera caña de tu vida y uno de tus amigos dice algo de la cercana Plaza del Dos de Mayo. De su épica. De Luis Daodíz y Pedro Velarde.

Según iba cumpliendo años mis padres iban ampliando el horario de llegada a casa y Pérez Galdós se multiplicaba por dos en mi bolsillo. Unas ampliaciones de capital y tiempo que reinvertía una y otra vez en Malasaña. Lo veía como un activo. Amortizaba cada viernes y cada sábado de forma lineal y no sabía por qué. Sólo conocía su atracción. Me la fumaba y me la bebía cada fin de semana. Me inyectaba en las meninges ese aspecto de trinchera y ciudad dentro de una ciudad que entonces tenía. Malasaña era libertad, pero al mismo tiempo tenía fronteras. Cuando entrabas estabas fuera de Madrid, cuando te ibas volvías a la capital.

De ahí a empezar a trabajar en bares de la zona fue la secuencia lógica. Terminar en la Sala Maravillas cuando te quedabas sin dinero era el epílogo de cada sábado. Gin-Kas, Malandro, Vía Láctea, San Mateo y El Penta. Una y otra vez. Eso había que financiarlo y en casa no habría más Pérez Galdos que dos cada semana. Malasaña requería algo más y ese algo más había que currárselo.

Tu hígado se acostumbraba con rapidez al mini de cerveza y babas entre siete con la misma velocidad que dejaba de sorprenderte cruzarte con Enrique Urquijo de Los Secretos, César Strawberry de Def Con Dos o Antonio Vega.

Y es aquí donde una invisible línea imposible de relacionar de forma racional une a Carlos Mayoral con mis gustos literarios. Porque su libro, “Empiezo a creer que es mentira”, es Malasaña cien por cien. Y Malasaña es mi vida. Y mi vida tiene mucho de Antonio Vega. Y Antonio Vega es la medida de todo el malditismo al que tanto le debe mi personalidad, experiencia y pasado.

Según leía “Empiezo a creer que es mentira” las canciones de Antonio Vega atronaban en mis tripas. Se revolvían. Larra, Wolf, Unamuno. Se parecen al genial músico como un huevo a una castaña. Pero el espíritu y poso que a mí me deja es el mismo que cualquier referencia anteriormente escrita en esta extraña reseña. La década de los 90 es la década de “Historias del Kronen”, The Doors, (la película), y “El sitio de mi recreo”, que junto con “Lucha de gigantes” es probablemente el mejor poema cantado de la historia de la música española. Y todo lo que escribe y toca Carlos Mayoral es poesía. Comparar lo que escribía Antonio Vega que posteriormente cantaba con cualquier capítulo de “Empiezo a creer que es mentira” es justo. Lo es porque la calidad y penumbra con la que Carlos Mayoral cose su libro viene dada o derivada del uso de un hilo enhebrado con malditismo. Y me da igual que este malditismo sea cantado o contado. Es el mismo que me alimentaba el domingo después de cada fin de semana en Malasaña. Exactamente el mismo con el que Antonio Vega tejió su destino cuando Marga se fue y él decidió marcharse, pero más lento.

A mitad de lectura, o casi al final. Antonio Vega dio paso a “Báilame el agua”, de Daniel Valdés. Y pasaba páginas mientras David bailaba con María en el tejado de su destino. De fondo Antonio Vega poniendo banda sonora y Carlos Mayoral dibujando esa negrura metálica de escritores que bien pudieron haberse tomado la penúltima en El Penta.

Úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto.

Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor.

Sácame de quicio.

Llévame a pasear atado con una correa que apriete demasiado.

Hazme sufrir.

Aviva las ascuas.

Ponme a secar como un trapo mojado.

No desates las cuerdas hasta que sea tarde.

Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea tuya ni mía, que sea de todos.

Fragmento del poema contenido en «Báilame el agua». 

Carlos Mayoral ha conseguido empujarme a descubrir escritores impresos en billetes. En tareas obligadas y odiadas cuando todo era E.G.B. En referencias referenciadas por referentes intelectuales que los usan como ejemplo de casi todo. Me ha empujado y lo ha conseguido.

En casa, cuando estamos a punto de terminar un libro, el siguiente calienta banquillo en una estantería que tenemos en nuestro dormitorio a tal fin. A quince o veinte páginas de terminar el de Carlos Mayoral caí en la cuenta de que no tenía sustituto. No es que no exista rival digno, es que me había absorbido. Atrapado. Encadenado. Tal y como hizo un día Malasaña aquella tarde en la que tendría que haber ido al cine. La tarde de la tercera caña de mi vida y de la calle Churruca. La tarde en la que descubrí un tipo de vida que era gris, maravillosa y brillante.

Las noches son cabronas, pero la noche que terminé de leer «Empiezo a creer que es mentira» fue una noche muy cabrona. Como las de antes.

Gracias Carlos.

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